



Hola, bienvenido (a) a mi blog. En este sitio encontrarás artículos periodísticos de opinión que publico con la intención de reflexionar con fines propositivos, respecto a algunos temas que me parecen urgentes y poco difundidos en la prensa nacional mexicana e internacional, a pesar de que son de gran interés público. Te agradezco mucho tu visita y estoy a tus órdenes para ampliar cualquier información adicional.




En marzo de este año asistí como ponente al III Seminario Internacional de Prevención de Desastres, realizado en el Castillo de Chapultepec, por la Sedesol y la UNAM. Recuerdo que entonces el ingeniero Luis Eduardo Pérez-Ortíz Cancino, director de Gestión de Riesgos de la Sedesol, me contó algunos avances de la sistematización de los Atlas de Riesgos de los estados y municipios del país. Y la semana pasada recibí por correo electrónico el enlace al Sistema de Consulta Geográfica de los Atlas de Peligros y Riesgos en Zonas Costeras y Municipios de Atención Prioritaria SICGAP (1), acompañado del siguiente mensaje:
Estimados Amigos:
Con el objetivo de fomentar el intercambio de información con las instancias del Sistema Nacional de Protección Civil, la Secretaría de Desarrollo Social, en apego al Plan Nacional de Desarrollo 2007-2012, impulsa en coparticipación con los gobiernos locales, la elaboración de Atlas de Peligros y Riesgos en diferentes municipios y ciudades.
Para lograr una mayor difusión y utilización de estos instrumentos se ha diseñado el Sistema de Consulta Geográfica de los Atlas de Peligros y Riesgos en Zonas Costeras y Municipios de Atención Prioritaria SICGAP, que permite explorar información territorial sobre los diferentes niveles de peligros, riesgos y vulnerabilidad existentes en las ciudades de: Mexicali, Baja California; La Paz y Los Cabos, Baja California Sur; Campeche, Campeche; Manzanillo, Colima; Cd. Victoria, Tamaulipas; Boca de Río, Veracruz y Córdoba, Veracruz; Mérida, Yucatán; Jiutepec, Morelos; Cd. Juárez, Chihuahua; Cozumel, Chetumal y Cancún, Quintana Roo.
Este es el inicio de un esfuerzo que continuará, hasta que todos los Atlas elaborados en coparticipación con la Sedesol se incorporen.
Ponemos a disposición de ustedes el sistema, seguros de que la información es la base del conocimiento que permite tomar decisiones eficaces para la prevención de desastres. Este es un esfuerzo conjunto entre la sociedad, la academia, los sectores público y privado.
Reciban un cordial saludo.
Ing. Luis Eduardo Pérez-Ortíz Cancino
Director de Gestión de Riesgos
Al SICGAP podemos evaluarlo desde distintos acercamientos, que evidencien su diseño e imagen, interactividad, servicios y contenidos, hasta su aplicación técnica y social. Por ahora solamente me permitiré hacer un reconocimiento muy amplio a todo el equipo público y privado involucrado en el proyecto. Es evidente que el actual gobierno federal realiza importantes vínculos con instancias privadas y académicas, en beneficio de la difusión oportuna de información para fortalecer labores de prevención. Estos datos oficiales aportados a través del SICGAP, hasta hace unos días, sólo eran conocidos por unos cuantos privilegiados, involucrados en los sistemas de protección civil, la investigación académica, la milicia y los gobiernos en turno. Se imponía con mayor fuerza el mito de que la sociedad era incapaz de asimilar toda esta información y actuaría irresponsablemente. Con el SICGAP, ahora se vislumbra el inicio del cambio al paradigma informativo.
Nos toca a nosotros, la sociedad, explorar el sitio en Internet y utilizar los datos para el bien común. En materia de acceso a la información pública, parece que este primer sistema electrónico mexicano (oficial) muestra que el gobierno se preocupa por los ciudadanos y extranjeros que compartimos un mismo país, con peligros, riesgos y vulnerabilidades hasta hace poco supuestos, ahora comprobables. Por lo tanto con el SICGAP, tenemos la posibilidad de impulsar como sociedad la inserción de más y mejores ideas de políticas públicas de prevención para nuestras familias. Aunque sea solo para Manzanillo, por el momento.
Referencias:
(1) http://www.sedesol.gob.mx/index/index.php?sec=802274
Urgencias:
Nuestra vida trascurre cronológicamente y la dividimos en fragmentos notables, porque nos recuerdan momentos felices, tristes de éxito, fracaso, riesgos, desastres y demás situaciones propias de la cotidianidad. Dudo que exista quien sea plenamente consciente de que un minuto incluye 60 segundos, una hora 60 minutos, un día 24 horas, una semana siete días, un mes cuatro semanas, un año 12 meses, etcétera y que además considere todos esos momentos “memorables”. Entonces, si solamente rememoramos algunos recuerdos, de ¿qué temática son alusivos? Y ¿cuáles son los que olvidamos voluntaria o involuntariamente? Y sobre todo ¿qué implica olvidar algunos acontecimientos? Parte de mis recuerdos están asociados a riesgos y desastres.
Nací un 26 de noviembre de 1974, en Tuxpan, Jalisco, pero desde 1994 vivo en Colima, donde encontré escuela, amigos, trabajo, familia y amor. Es decir, lo que algunos suelen llamar destino. En Jalisco y en Colima mi vida ha estado en riesgo en innumerables ocasiones, cinco rememoro ocasionalmente. También he sido testigo de cuatro desastres, con proyección internacional; lo aclaro porque además he visto muchísimos desastres menores, que en conjunto suman un gran número de víctimas y daños materiales.
En el año de 1980, cuando estudiaba en el kinder del Colegio Sor Juana Inés de la Cruz, en Tuxpan, la clase de educación física fue realizada en un parque, para preparar nuestra participación en el desfile del 20 de noviembre. Recuerdo que después de practicar el paso redoblado y el paso corto, mi amigo Salvador “Chava” Sánchez y yo regresamos corriendo a la escuela, como lo hacen los niños despreocupados. Pero al cruzar una calle, “Chava” alcanzó a pasar y yo fui arrollado por atravesarme en el tránsito de una camioneta. Me aventó con tal fuerza que quedé tirado junto a un poste de luz. Y no recuerdo bien si se tambaleaba o mis ojos estaban desorbitados. Me llevaron al hospital y me dieron de alta horas después. En esa ocasión mi imprudencia me puso en riesgo.
Cuatro años después, en 1984, los alumnos del Colegio Iturbide, de Tuxpan, acudimos a los juegos deportivos inter-primarias en Ciudad Guzmán. De regreso, en una camioneta tipo Suburban, viajábamos 15 estudiantes y un chofer apurado por llegar a la boda de su hermana. Por la prisa, el chofer quiso rebasar a otra camioneta y su imprudencia volcó el vehículo en el que viajábamos. Giramos varias veces sobre el pavimento y fuimos expulsados casi todos mis compañeros y amigos. El accidente costó la vida de ocho niños y el chofer, sobrevivimos siete. En este evento la imprudencia del chofer me puso en riesgo.
La mañana del jueves 19 de septiembre de 1985 desperté sobresaltado porque la casa, en Tuxpan, era sacudida por un sismo. Después del susto y las explicaciones de mis padres, escuchamos en la radio que había caído la catedral de Ciudad Guzmán y decidimos constatar la noticia por nuestros propios ojos. Entramos a la ciudad poco a poco, debido al embotellamiento automovilístico, pero de pronto pasaron corriendo muchas personas, gritando que venían explotando los cilindros con gas butano. Ante esa alarma, salimos del auto y corrimos entre la asustada muchedumbre. A unas cuadras nos detuvimos, porque notamos que no se escuchaba alguna detonación y al parecer estábamos en medio de una psicosis colectiva, propiciada por la enorme destrucción que causaron el sismo y las casas mal construidas, asentadas en una zona de riesgo y desastre, donde voluntariamente expusimos nuestra vida.
El 22 de abril de 1992, a las 10 de la mañana, mi familia y yo subíamos las escaleras de la salida del tren ligero en la estación Universidad, en Guadalajara. De pronto se escucharon tres explosiones que hicieron vibrar el suelo, pero no hubo más reacciones y seguimos nuestro camino hacia el centro de la ciudad. Al cruzar el zócalo, pasó frente a nosotros el entonces gobernador Guillermo Cosío Vidaurri y su distinguido séquito de asesores, quienes le aconsejaban que abandonara la zona porque estaba en riesgo y podía explotar en cualquier momento. Nosotros escuchamos el comentario del agitado asistente e inmediatamente nos fuimos en sentido contrario al barrio de Analco. Es decir, prudentemente nos alejamos del riesgo de un desastre.
Colima es una tierra hermosa y próspera, pero se sacude ocasionalmente fuerte, como sucedió en los años 1995 y 2003. Cuando ocurrió el sismo de 1995, cursaba el segundo año de la carrera de Letras y Periodismo en la Universidad de Colima y recuerdo que los estudiantes y profesores salimos asustados corriendo a los patios. Después escuchamos en las noticias los daños ocurridos en Manzanillo; sobre todo el colapso del Hotel Costa Real.
Ambos sismos fueron intensos, pero sobre todo el más reciente. Sin embargo haberlos vivido no ha sido lo más memorable, sino lo que me han enseñado esos sucesos, pues he aprendido a vivir en riesgo y consciente de que en el transcurso de mi vida atestiguaré muchísimos desastres. Es importante recordar los riesgos y desastres, porque si los olvidamos, nos volvemos más vulnerables. A diferencia de otros recuerdos, olvidar los riesgos y desastres nos puede costar la vida, pues está expuesta voluntaria o involuntariamente en cada segundo, minuto, hora, semana, año, etcétera.
Urgencias:
raypadillalozoya@hotmail.com y rpadilla@ucol.mx
(Tercera parte, última) Entrevista con el sacerdote Teodoro Guerrero Gallardo, audiograbada en la ciudad de Cuauhtémoc, Colima, la tarde del día 8 de junio de 2003, dentro del curato de la parroquia. La entrevista es extensa y por cuestiones de espacio he trascrito y editado algunos fragmentos. La pregunta de investigación se planteó para descubrir ¿de qué manera fue su experiencia con relación al huracán del 27 de octubre de 1959?
En cuanto pude, ya con la luz del sol, me fui por el lado de la Cruz, por el lado del Cerrito de la Cruz, porque no se podía caminar por cualquier lado. Entonces me iba encontrando gente muerta, heridos, etcétera. Y duré casi todo el día para llegar a una islita, allá hacia el lado del río, donde vivía la señorita Andrea Figueroa. Su casa y la de Miguel Figueroa, eran como un hospital lleno de heridos, sabe cuántos heridos habría.
Me iba acompañando un muchacho que se llamaba Alfredo Madrigal. Y entonces yo le decía: “¡Mira ahí está un muerto!… ¡mira otro!”. Encontramos dieciséis muertos en un ratito.
Acepté la invitación de Justino Bejarano y me fui a su casa, incluso yo todavía traía al Santísimo y le dije a Justino: “Oye ¿hay un lugarcito para guardar al Santísimo?” Y lo pusimos en una mesita el altarcito. Estando allí se hizo noche y comenzaron a llegar personas con cadáveres y muchos heridos. La gente en sus creencias tenía que no debía haber muertos con heridos, porque se les pega la gangrena o quién sabe qué decían. Allí no había dónde velar tanto muerto. Entonces les dije: “Miren, discúlpenme. Yo sé su dolor, pero miren cómo está de muertos aquí ¿A dónde los vamos a llevar? Y pues alguien optó por ponerlos en una cerca de piedras que estaba allí junto a la casa de Justino. Y no me lo va a creer, pero pues en la noche nos dimos cuenta de que bajaban coyotes del cerro, tratando de comerse los cadáveres.
¿De qué manera reaccionó la gente con usted cuando pasaba junto a ellos, en los días martes y el miércoles?
Pues al principio no lloraba nadie. Cosa impresionante. Pero conforme fue pasando el tiempo, entonces sí lloraban, era su forma de manifestarse. Y me decían: “¿Padre qué vamos a hacer?” Y pos lo único que les decía era: “Pues miren, tengan confianza en Dios y Dios sabrá lo que vamos a hacer, ni yo sé contestarles, pero tengan confianza, Dios no nos va a dejar. Todos quedamos ya sin aliento de nada, sin ilusiones de nada.
¿Y cómo empezó a auxiliar a las personas?
Primero espiritualmente, en lo material ¿qué podía hacer yo? Si yo estaba en las mismas condiciones. Pero gracias a Dios comenzaron a llegar las despensas. Pero el trabajo nuestro fue organizar a las familias por nombre, apellido, etcétera, para presentar en listas a los que llevaban las despensas. Yo también tenía que formarme para ir a recibir la despensa, cosa que me daba mucha pena, mucha verguenza, pero ¿qué más hacía?
¿Colaboró en la búsqueda de sobrevivientes?
Sí, claro que sí. Ah, el señor Obispo de Alba fue muy comprensivo, inmediatamente mandó dos sacerdotes jóvenes. Ellos me decían: Mira tu por favor descansa, también eres víctima, venimos a ayudarte, deja de preocuparte. Y ellos se metieron pero de veras de lleno. Ellos fueron el padre Juan José Rincón y el padre Javier Trujillo. Ya murieron.
El día seis de noviembre llegó el señor Obispo, con el Delegado Apostólico, Luigi Raimondi, representante del Papa. Dimos un recorrido y me acuerdo que en un tambo viejo y todo sucio firmó (el Delegado) una fotografía de él que decía: “Al pueblo católico de Minatitlán, en su hora de prueba, con mi afecto y especial bendición”.
¿De qué forma sobrevivieron antes de que llegara la ayuda?
Mmm no sé, como que no teníamos hambre ni sed, yo no me explico. No me explico cómo, todo el martes, todo el miércoles, todo el jueves no había qué comer. Bueno, gracias a Dios allí con Justino no nos faltaron las tortillas y frijoles, porque él tenía mucho maíz y frijol y él nos daba de comer, pero a mí me daba mucha pena con doña María Cárdenas, esposa de Justino. Ella torteando todo el día para darle aquella gente y yo me sentía una carga más.
¿De qué manera mantuvo su relación con Dios?
Pues rezando lo que yo podía y como podía. Antes se llamaba rezar el breviario o rezar el oficio divino, hoy se llama liturgia de las horas y antes nomás algunas religiosas y los sacerdotes la rezábamos. Por la noche rezábamos el rosario con la gente que ya estaba ahí hospedada. Ni podía celebrar misa. ¿Dónde la hacía? Hasta el viernes se pudo improvisar un altar en el atrio, en la esquina del templo. Había entonces unos tabachines o jacarandas. Y ahí estábamos en medio, en un parejito de tierra, donde había menos lodo. Ahí se celebró la primer misa, la ofició el padre Javier, yo estuve confesando.
¿Cómo imaginaba el futuro de Minatitlán?
Todo mundo decía que el gobernador (Rodolfo Chávez Carrillo) quería cambiar a Minatitlán a otro lugar, pero la gente se oponía. Las frases que me quedaron más grabadas fueron las de la señorita Andrea Figueroa, la maestra de cara recia y de una fe muy viva. Ella decía: “Aquí nos dejó Dios, aquí nos salvó Dios y aquí tenemos que seguir; qué irnos, ni qué irnos”.
¿Y cómo siente ahora que fue su participación?
Como que hice lo que pude. ¿Qué más podía hacer? Yo me sentía incapaz, sin medios para auxiliar como yo hubiera querido. ¿Qué hacía? Entonces hice lo que pude. Dicen por ahí que “el que hace lo que puede, hace lo que debe”.
¿Y cómo es para usted regresar a Minatitlán?
Siento mucho gusto volver. Pero ya no tiene razón venir, ya no encuentro a todas las personas de entonces. Pero hay un fenómeno ahí interesante: las personas que me conocieron de entonces les transmiten (la historia) a sus hijos. Porque a pesar de que yo salí el año sesenta, encuentro jóvenes que como si me conocieran. Siento mucha gratitud y aprecio por ellos.
Urgencias:
raypadillalozoya@hotmail.com y rpadilla@ucol.mx
http://raypadillalozoya.diinoweb.com/blog
(Segunda parte) Entrevista con el sacerdote Teodoro Guerrero Gallardo, audiograbada en la ciudad de Cuauhtémoc, Colima, la tarde del día 8 de junio de 2003, dentro del curato de la parroquia. La entrevista es extensa y por cuestiones de espacio trascribiré y editaré algunos fragmentos. La pregunta de investigación se planteó para descubrir ¿de qué manera fue su experiencia con relación al huracán del 27 de octubre de 1959?
¿Qué pensaba que estaba ocurriendo?
No sabíamos ni qué. Todo mundo decía: “Es el fin del mundo”. Y no sabíamos qué era. Después (supimos) que el ciclón se vino. Vulgarmente el pueblo le dice culebra o tromba. De hecho quedaron los cerros desgarrados. Quedaron barrancos donde se clavaron los chorros de agua.
¿A qué hora iba a celebrar la misa ese día martes?
La misa ordinariamente era a las seis (de la mañana) pero ya no se podía por tanto aire. Estábamos pensando en poner café y frijoles para darle a la gente, porque nos dimos cuenta que muchas personas se iban a quedar sin casa. Con mis familiares pensamos en eso, pero pues no sabíamos que también a nosotros nos iba a pasar lo mismo.
¿Qué actitudes manifestaba la gente en el momento del desastre?
Desesperación, tristeza, dolor moral y pendiente por sus familiares. Los que alcanzaron a llegar al templo, dejaron sus casas. Por ejemplo Héctor Mancilla llegó allí al templo, y (el flujo de escombros) ya se había llevado su casa, su mamá y hermanos, tengo idea de que perdió veintisiete familiares muy cercanos entre papás, hermanos, primos, etcétera.
Yo había mandado a hacer con un pintor de Tuxpan, Víctor Campos, dos imágenes: una de la Virgen de Guadalupe y otra de la Virgen del Refugio, grandes y las tenía en la sacristía. Pero en el momento que entró el agua se las llevó, las sacó por detrás del templo, fueron a dar cerca del río. Y después, cuando ya pasó todo, unos muchachos me las llevaron y me preguntaron: “Padre qué hacemos con las imágenes”, les dije: “¡Quémenlas!” Yo estaba tan desesperado que ya no tenía ilusión de nada. Pero entonces un familiar me dijo: ¡Qué quemarlas, ni que nada, a ver traiganlas!. Las lavó casi con agua sucia y ahí están todavía en Minatitlán, sin un rasguñito. No se explica uno cómo.
También yo tenía una mula y un venadito. No me explico cómo en aquella inmensidad de agua se salvó la mula y el curato se acabó por completo. Y el venadito después de que pasó todo, nos lo encontramos. Por cierto que nos lo comimos, porque no teníamos más que comer y pues peligraba la vida del pobre animalito con los demás animales, como los perros que lo perseguían. Mejor preferimos matarlo.
¿Qué características tenía el templo y hasta dónde llegó el agua?
Del tamaño pos es lo mismo que ahora. El lodo (llegó) una cosa rápida casi a la cintura. Pero donde estábamos nosotros, en el presbiterio, como es más alto, allí a penas nos cubría los tobillos. En el templo quedamos ciento nueve o ciento diez (personas) entre ellas un soldado, de los pocos que entraron. Era de Tolimán, era un cabo, no recuerdo su nombre.
¿Qué vio al salir de templo?
Cuando salimos vimos que el pueblo se había acabado por completo. Por eso el templo se sacudía como si estuviera en un terremoto. Y eran piedras que le pegaban a los muros. Y después nos dimos cuenta que tres piedrononas se acomodaron por espaldas del templo. Pero a cierta distancia. ¡Desgraciadamente o lástima! Que alguien las dinamitó y les quitaron altura. Esas debieron haberse guardado ahí como un monumento. Creo que ahora hicieron ahí una plaza de toros o algo así queda por ahí cerca de esas piedras. Bueno, lo que quiero decir es que esas piedras desviaron la corriente. Entonces se partió la fuerza de la corriente, una a mano izquierda, viniendo del Cerro de Los Copales por un canal en el Cerrito de la Cruz y otra parte se fue por la derecha. Pero si toda esa agua hubiera ido en la dirección del templo, entonces sí no hubiera quedado nada.
¿A qué hora salieron del templo?
Como a las seis y media de la tarde; ya oscureciendo, ya había dejado de llover. Y se vino una noche oscura, fría y no teníamos un cerillo, ni una vela. Entonces se alumbraba uno pues con aparatitos de petróleo. No teníamos nada con qué iluminarnos, andábamos a oscuras. A mi me invitó Justino Bejarano a su casa, que no se dañó, para el lado del Panteón. Él con mucha caridad me dio hospedaje y a muchas personas nos daba de comer. Ahí en el suelo nos acomodábamos para dormir.
Ese día como pudimos pasamos del templo a la calle, porque en la calle se hizo un arroyo o un sanjón. Entonces de las vigas de las casas que se cayeron, hicieron un puente para pasar de un lado a otro.
Me encontré con el presidente municipal, Juan Michel Figueroa, que ya andaba viendo cómo nos organizábamos. Le dije: “Mira Juan, tú dedícate a los muertos, yo me voy a dedicar a los moribundos para darles un auxilio espiritual. A ver quién se encarga de los niños. Porque (andaban) los niños buscando a sus padres, echaban a andar y era muy peligroso que se hundieran o perdieran en el fango. Por ejemplo allí en el jardín quedó a varios metros de altura el lodo, por eso era muy peligroso. Pero ya no nos dio tiempo la noche, se nos vino encima y yo ya no supe de más. Hasta otro día, cuando me levanté.
Urgencias:
raypadillalozoya@hotmail.com y rpadilla@ucol.mx
http://raypadillalozoya.diinoweb.com/blog