Esta entrevista semiestructurada al sacerdote Teodoro Guerrero Gallardo la audiograbé en la ciudad de Cuauhtémoc, Colima, la tarde del día 8 de junio de 2003, dentro del curato de la parroquia. Me interesaba saber ¿de qué manera fue su experiencia con relación al huracán del 27 de octubre de 1959? Porque él era sacerdote en Minatitlán, Colima, el día que detonó el desastre. Ambos nos sentamos en sillas de madera junto al escritorio de una pequeña y sencilla habitación pintada de color blanco, donde una imagen de Cristo fue testiga de nuestra charla. Como se puede leer, el entrevistado se mostró muy dispuesto a contestar sin prisa la guía de preguntas, pero además lo hizo con propiedad y muchos detalles en cada anécdota. La entrevista es extensa, pero trascribiré y por cuestiones de espacio editaré algunos fragmentos que publicaré semanalmente.
(Primera parte)
Mi nombre es Teodoro Guerrero Gallardo. Nací, en Apulco, Jalisco, el día primero de abril de 1927.
¿Y cómo recuerda que era Minatitlán en 1959?
El pueblo de Minatitlán era chico, unos 1200 habitantes más o menos. No tenía comunicación, más que una brecha mala a Manzanillo. Se hacían varias horas para ir a Minatitlán desde Manzanillo. Para Colima se venía solamente por “camino de herradura”, como le llamaban. Hacíamos doce horas de Minatitlán a Villa de Álvarez. Y en (la temporada de lluvias) había servicio de una avioneta. Que por cierto el piloto se llamaba Alfonso García, era de ciudad Guzmán. Él se quemó, se cayó la avioneta y se quemó. No recuerdo en qué año, pero cerca de un rancho que se llama el Sauz. Hay unas barrancas en ese cerro del Sauz y por ahí cayó. Me acuerdo que en esa ocasión (también) murió en el accidente el presidente municipal, que era don Manuel Figueroa y un matrimonio.
No había teléfono en [Minatitlán], no había energía eléctrica. Las calles, unas cuantas estaban empedradas. Las casas eran humildes.
¿Cuándo inició su servicio en Minatitlán?
Recuerdo que llegué un dieciséis de octubre de 1953, por cierto llegué bien mojado, por aquí por Villa de Álvarez, pero ya bajando a Minatitlán nos cogió un tormentón y llegué bien mojado a Minatitlán.
¿Qué significaba para usted Minatitlán?
Yo iba con mucho gusto a Minatitlán porque era el primer destino que me daban para que estuviera yo solo. Entre nosotros (los sacerdotes) se acostumbra que primero nos nombran vicarios, auxiliando algún párroco. Y yo sentí como una suerte el que me dieran esa comunidad a mi solo. Había estado poquito más de un año en Jilotlán de los Dolores, con un párroco. Fue el único párroco que tuve y ya me mandaron a Minatitlán. Entonces yo iba con mucho gusto, con mucho entusiasmo, ilusiones, a ver qué podía hacer yo solo como sacerdote en medio de una comunidad que me confiaron.
¿Cómo recuerda que fue la lluvia días antes del desastre?
Ahí era muy llovedor en “tiempo de aguas” llovía mucho en Minatitlán. Comenzó el sábado 24 de octubre, como una lluvia, una lluviecita, pero esa lluvia comenzó a aumentar (y siguió) el sábado, el domingo y el lunes, como lluvia. Pero no se nos hacía extraño.
Hasta como a las dos de la mañana del martes 27 de octubre, entonces comenzamos a oír un aire muy fuerte, un viento muy fuerte. Y entonces claro, pues todo mundo nos levantamos. Yo nunca había tenido la experiencia de lo que era un ciclón, ni me imaginaba que era eso. Y como no había medios de comunicación, más que radio, pero pues no se cogían estaciones ni nada. ¿Cuál televisión? Hacía mucho, mucho aire, mucho viento fuerte, fuerte. Pero recuerdo que como a las siete o seis y media me asomé por una ventanita del curato, que daba hacia la calle, casi enfrente de la presidencia municipal. Y voy viendo una como bola de lodo, pero alta, como que no se desgajaba, no se desintegraba; venía rodando, rodando. Era un “alud” pero yo qué sabía. Se había desgajado el Cerro Los Copales; como es un terreno en falso, traía piedras, agua, lodo, árboles y eso venía rodando. Y donde llegaba arrasaba con todo.
Yo alcancé a ver cuando la Presidencia Municipal se cubrió con aquella mole; enseguida el cuartel. Fue cuando yo corrí al Templo, a sacar a El Santísimo. Porque en el Seminario nos habían dicho que en un incendio o algo así teníamos que salvar El Santísimo, cuidarlo. Yo corrí y saqué El Santísimo. Sin saber qué hacer me fui al jardín, entonces había una pérgola en lugar de kiosco y me subí. Pero estando allí, el profesor Héctor Manuel Mancilla Figueroa me gritó ¡Padre, véngase! Entonces a penas alcancé a pasar del jardín al atrio, cuando pasó otra... no sé cómo decirlo, pero otra corrientada de agua y así estuvo desde como a las siete o seis y media de la mañana. A veces era una corrientada por un lado, a veces por otro y veces por otro más.
Esa primera corriente se llevó la Presidencia o el cuartel, aunque pudo haberse llevado las tres casas. Creo que eran de doña María Figueroa. Tomó la corriente esa la calle que era salida a Manzanillo. Enseguida la otra corriente pasó y se llevó parte del curato, la cocina y una recámara. Enseguida, esa otra corriente que le digo que a penas alcancé a pasar del jardín al atrio, pasó por el patio del curato.