martes, 9 de diciembre de 2008

Teodoro Guerrero Gallardo, bajo la mirada divina I

Esta entrevista semiestructurada al sacerdote Teodoro Guerrero Gallardo la audiograbé en la ciudad de Cuauhtémoc, Colima, la tarde del día 8 de junio de 2003, dentro del curato de la parroquia. Me interesaba saber ¿de qué manera fue su experiencia con relación al huracán del 27 de octubre de 1959? Porque él era sacerdote en Minatitlán, Colima, el día que detonó el desastre. Ambos nos sentamos en sillas de madera junto al escritorio de una pequeña y sencilla habitación pintada de color blanco, donde una imagen de Cristo fue testiga de nuestra charla. Como se puede leer, el entrevistado se mostró muy dispuesto a contestar sin prisa la guía de preguntas, pero además lo hizo con propiedad y muchos detalles en cada anécdota. La entrevista es extensa, pero trascribiré y por cuestiones de espacio editaré algunos fragmentos que publicaré semanalmente.

 

(Primera parte)

Mi nombre es  Teodoro Guerrero Gallardo. Nací, en Apulco, Jalisco, el día primero de abril de 1927.

¿Y cómo recuerda que era Minatitlán en 1959?

El pueblo de Minatitlán era chico, unos 1200 habitantes más o menos. No tenía comunicación, más que una brecha mala a Manzanillo. Se hacían varias horas para ir a Minatitlán desde Manzanillo. Para Colima se venía solamente por “camino de herradura”, como le llamaban. Hacíamos doce horas de Minatitlán a Villa de Álvarez. Y en (la temporada de lluvias) había servicio de una avioneta. Que por cierto el piloto se llamaba Alfonso García, era de ciudad Guzmán. Él se quemó, se cayó la avioneta y se quemó. No recuerdo en qué año, pero cerca de un rancho que se llama el Sauz. Hay unas barrancas en ese cerro del Sauz y por ahí cayó. Me acuerdo que en esa ocasión (también) murió en el accidente el presidente municipal, que era don Manuel Figueroa y un matrimonio.

No había teléfono en [Minatitlán], no había energía eléctrica. Las calles, unas cuantas estaban empedradas. Las casas eran humildes.

¿Cuándo inició su servicio en Minatitlán?

Recuerdo que llegué un dieciséis de octubre de 1953, por cierto llegué bien mojado, por aquí por Villa de Álvarez, pero ya bajando a Minatitlán nos cogió un tormentón y llegué bien mojado a Minatitlán.

¿Qué significaba para usted Minatitlán?

Yo iba con mucho gusto a Minatitlán porque era el primer destino que me daban para que estuviera yo solo. Entre nosotros (los sacerdotes) se acostumbra que primero nos nombran vicarios, auxiliando algún párroco. Y yo sentí como una suerte el que me dieran esa comunidad a mi solo. Había estado poquito más de un año en Jilotlán de los Dolores, con un párroco. Fue el único párroco que tuve y ya me mandaron a Minatitlán. Entonces yo iba con mucho gusto, con mucho entusiasmo, ilusiones, a ver qué podía hacer yo solo como sacerdote en medio de una comunidad que me confiaron.

¿Cómo recuerda que fue la lluvia días antes del desastre?

Ahí era muy llovedor en “tiempo de aguas” llovía mucho en Minatitlán. Comenzó el sábado 24 de octubre, como una lluvia, una lluviecita, pero esa lluvia comenzó a aumentar (y siguió) el sábado, el domingo y el lunes, como lluvia. Pero no se nos hacía extraño.

Hasta como a las dos de la mañana del martes 27 de octubre, entonces comenzamos a oír un aire muy fuerte, un viento muy fuerte. Y entonces claro, pues todo mundo nos levantamos. Yo nunca había tenido la experiencia de lo que era un ciclón, ni me imaginaba que era eso. Y como no había medios de comunicación, más que radio, pero pues no se cogían estaciones ni nada. ¿Cuál televisión? Hacía mucho, mucho aire, mucho viento fuerte, fuerte. Pero recuerdo que como a las siete o seis y media me asomé por una ventanita del curato, que daba hacia la calle, casi enfrente de la presidencia municipal. Y voy viendo una como bola de lodo, pero alta, como que no se desgajaba, no se desintegraba; venía rodando, rodando. Era un “alud” pero yo qué sabía. Se había desgajado el Cerro Los Copales; como es un terreno en falso, traía piedras, agua, lodo, árboles y eso venía rodando. Y donde llegaba arrasaba con todo.

Yo alcancé a ver cuando la Presidencia Municipal se cubrió con aquella mole; enseguida el cuartel. Fue cuando yo corrí al Templo, a sacar a El Santísimo. Porque en el Seminario nos habían dicho que en un incendio o algo así teníamos que salvar El Santísimo, cuidarlo. Yo corrí y saqué El Santísimo. Sin saber qué hacer me fui al jardín, entonces había una pérgola en lugar de kiosco y me subí. Pero estando allí, el profesor Héctor Manuel Mancilla Figueroa me gritó ¡Padre, véngase! Entonces a penas alcancé a pasar del jardín al atrio, cuando pasó otra... no sé cómo decirlo, pero otra corrientada de agua y así estuvo desde como a las siete o seis y media de la mañana. A veces era una corrientada por un lado, a veces por otro y veces por otro más.

Esa primera corriente se llevó la Presidencia o el cuartel, aunque pudo haberse llevado las tres casas. Creo que eran de doña María Figueroa. Tomó la corriente esa la calle que era salida a Manzanillo. Enseguida la otra corriente pasó y se llevó parte del curato, la cocina y una recámara. Enseguida, esa otra corriente que le digo que a penas alcancé a pasar del jardín al atrio, pasó por el patio del curato.

Y lo peor, que fue el acabose, ocurrió cuando (dentro del templo) estábamos ciento diez o ciento nueve personas, que alcanzaron a alojarse ahí. Yo les dije que se subieran a la cornisa del templo, porque como estaba en construcción, había andamios. Entonces era fácil subirse. Mujeres y hombres yo no sé cómo se subieron a la cornisa del templo. Pues estando ahí, llegó otra corriente de aire y agua que arrancaron las puertas de la sacristía, la que daba al curato y la que daba al altar del presbiterio. Y entonces sí se nos vino un vendaval de agua y en unos minutos casi se inundó el templo, porque con ramas se taparon las entradas. Que por cierto ni había puertas todavía, pero la entrada. Entonces comenzó a subir y a subir el lodo, casi nos daba a la cintura. Y yo con una campanita trataba de mantener el orden, y pues más o menos darles cierto valor, aunque yo estaba peor que ellos. Pero sí pude mantener el orden gracias a Dios y la serenidad, bendito sea Dios.

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Difundir historiadores de antes y después del huracán

Varias veces he escuchado la pesimista pregunta: ¿Cómo difundir la historia, si a nadie le interesa? Con la doble intención de responder a la pregunta y a la vez registrar el tránsito de una video-historia, a continuación me permitiré hacer una breve relatoría de las presentaciones más concurridas por “interesados”, además voluntarios y no acarreados.

En el año 2004 participé en la investigación y luego en la presentación en Colima del video documental Ceniza de pueblo, memoria oral del ciclón de Minatitlán de 1959. Durante la primera exhibición, en el Archivo Histórico y Hemeroteca de la Universidad de Colima, fueron comentaristas: la doctora Julia Preciado Zamora, Ismael Aguayo Figueroa, Andrés Villa Aldaco y el autor de este artículo. Asistieron más de trescientas personas, lo cual en Colima es bastante notable, si se trata de la presentación de una obra histórica.

Ese mismo año, el Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias (Pacmyc) aprobó el proyecto para multicopiar y difundir la producción en formato de dvd, al cual le agregamos múltiples elementos, como entrevistas con especialistas, subtítulos, galerías fotográficas, un extra audiovisual y un folleto informativo. La presentación del dvd Ceniza de pueblo, la efectuó la doctora Virginia García Acosta, directora general del CIESAS, quien muy amablemente honró al equipo de realizadores con sus reflexiones y comentarios, expuestos en el Archivo Histórico y Hemeroteca de la Universidad de Colima a una similar asistencia de interesados.

Entre los años 2004 y 2008, el Dvd Ceniza de pueblo ha sido observado y valorado por mucha gente, en múltiples espacios pequeños y grandes, en su totalidad o en fragmentos, en charlas y congresos.

A nivel local, al video documental Ceniza de pueblo lo hemos proyectado en el jardín municipal de Minatitlán y en el de Villa de Álvarez, en el Archivo Histórico del Municipio de Colima, en el Salón de Cabildo del Ayuntamiento de Manzanillo, en el Complejo Administrativo de Gobierno del Estado y en el Primer Foro de Arqueología, Antropología e Historia de Colima, organizado por la Secretaría de Cultura y el Gobierno del Estado de Colima, en el marco de la Conmemoración del 482 Aniversario de la Fundación Hispánica de Colima 1523-2005.

Localmente, pero en espacios académicos, ha sido presentado en el Auditorio Gregorio Macedo López de la Facultad de Letras y Comunicación, en la Pinacoteca Universitaria, en el 2º Foro del Medio Ambiente y Prevención de Riesgos en la Licenciatura en Psicología y en el Curso de Verano en Vulcanología, impartido en el Centro de Intercambio e Investigación en Vulcanología, en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Colima.

La historia del evento desastroso de Minatitlán, inició cuando fue asentado el pueblo en una zona de riesgo, con antecedentes ignorados, pero que detonaron hace 49 años y sus causalidades provocaron la mayor cantidad de muertes humanas asociadas a un mismo desastre en el estado de Colima. Es decir, el tema es atractivo localmente, pero también regional, nacional e internacionalmente.

A nivel regional, lo han presenciado en la Licenciatura en Historia de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y en su Centro Cultural Universitario en Morelia, Michoacán. En Guadalajara, Jalisco, fue proyectado en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS – Occidente), donde además fue comentado por dos reconocidos investigadores nacionales: el sociólogo Jorge Aceves Lozano y el crítico de cine Eduardo de la Vega Alfaro, de la Universidad de Guadalajara.

Y a escala nacional e internacional, el documental Ceniza de pueblo ha sido expuesto en el VI Congreso Internacional y XII Nacional de Ciencias Ambientales, convocado por la Academia Nacional de Ciencias Ambientales A. C. y la Universidad Autónoma de Chihuahua, celebrado en Chihuahua, Chihuahua. También lo hemos expuesto en el Colegio de Bachilleres del estado de Baja California Sur, plantel 02 y en el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Los Cabos, en San José del Cabo. En el Instituto de Geografía de la UNAM, fuimos invitados por la Sociedad Mexicana de Geomorfología. En el Primer Encuentro Multidisciplinario de Especialistas en Análisis de Riesgos en México, en la Universidad de las Américas, en Cholula, Puebla. Y en 2008, en el XV Congreso Internacional de Historia Oral y también en el Tercer Seminario Internacional de Prevención de Desastres, el desarrollo local y la gestión del riesgo, organizado por la UNAM y Sedesol, en el Castillo de Chapultepec, frente a representantes de los sistemas estatales de Protección Civil e investigadores nacionales e internacionales.

El documental Ceniza de Pueblo, también ha sido distinguido a nivel nacional. Ganó el Primer lugar por “Documental social, político, artes y humanidades” en el X Festival y Muestra de TV, Video y Nuevas Tecnologías de la Red Nacional de TV, Video y Nuevas Tecnologías, organizado por la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) y la Universidad Autónoma de Baja California. Además obtuvo el Reconocimiento Especial por la Preservación Audiovisual de las Tradiciones Populares, en el Festival Nacional Pantalla de Cristal, donde fue nominado en las categorías de: Mejor guión, Mejor fotografía y Mejor colorista; frente a experimentados competidores como Juan Carlos Rulfo, Carlos Mendoza, Gerardo Tort y Luis Mandoki; Ceniza de pueblo fue acreedor al premio Mejor colorista.

A través de la televisión, el video documental Ceniza de pueblo ha sido transmitido por Canal 5 y 11 de Colima. Y el 27 de octubre de 2007, a las 6 de la tarde, fueron vistos y escuchados los minatitlenses a través de TV UNAM, en la programación estelar y conmemorativa del 2º aniversario de transmisiones de la mejor televisora universitaria.

Yo creo que sí hay interés en la historia, pero el enfoque, formato y la calidad, hacen la diferencia. El trabajo de todos los estudiantes y profesores de la Universidad de Colima involucrados en el proyecto Ceniza de pueblo, ha sido notablemente aplaudido y elogiado. Fue muy emocionante y socializador el difundir esta historia entre tanta gente, en lugar de abandonarla en un bonito y limpio anaquel, esperando a que alguien la note y se interese; como desgraciadamente han predestinado a muchas otras historias. Para mi ha sido un honor difundir con respeto y profesionalismo este fragmento de la historia de Minatitlán -y por lo tanto del estado de Colima- narrado por sus propios historiadores: los minatitlenses de antes y después del huracán.

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Mil 450 muertos por el Volcán de Fuego de Colima

Las nuevas tecnologías de información y comunicación representan un enorme aporte a la humanidad, principalmente porque democratizan el acceso a los datos que, de otra manera, sería difícil conocer. Una de estas nuevas tecnologías es el Internet, que aporta gráficos, fotografías, video, audio e incluso bases de datos, respaldados en cualquier lugar del mundo y son fácilmente consultables desde la comodidad de nuestro hogar, por medio de una conexión telefónica y una computadora.

Pero la información disponible en Internet debe ser leída, evaluada y sobre todo usada, con muchísima cautela, pues solo algunas páginas tienen validez científica o al menos respaldo institucional; las demás, son comerciales, invento de algún desqueahacerado, plagio o al menos copia mal hecha de alguna fuente poco confiable o de dudosa procedencia. Y como para el cibernauta promedio es tan complicado distinguir lo científico de lo fraudulento, casi nadie escapa de caer al menos una vez en el engaño, sobre todo los incautos y quienes buscan información de Colima en Internet, asociada a riesgos y desastres.

Con respecto a la historia eruptiva del Volcán de Fuego de Colima, se han publicado mentiras en Internet. La página de Internet puntocompuntoes.com.es en sus efemérides del 7 de junio, difunde que en: “1911 La erupción del volcán Colima en México causa 1.450 víctimas mortales”.(1) Esta información es falsa, porque el número de muertos relacionados con el Volcán de Fuego de Colima es un enigma. No sabemos con certeza cuántos muertos en su totalidad ha ocasionado el Volcán de Fuego de Colima; o el conjunto de los fenómenos asociados a él, ya sean lahares, derrumbes, flujos piroclásticos,  caídas de ceniza u otros.

En 1911 no ocurrió alguna erupción espectacular causante de más de un millar de víctimas humanas, como lo menciona la fuente electrónica. Y en dado caso la erupción no causaría por sí sola las muertes; sino la combinación de múltiples elementos, entre ellos la exposición de gente vulnerable a los efectos de la ceniza, rocas, lava o algo más, debido a un asentamiento en zona de riesgo y seguramente con carentes medidas preventivas.

Incluso por referencias bibliográficas populares, como La sismología en el continente americano, escrito por Jorge Piza Espinoza en  1985, sabemos que el 7 de junio de 1911 ocurrió un “sismo en la Ciudad de México, de poca intensidad para Colima”. Pero los sismos más intensos en Colima no tienen asociación con la actividad volcánica, aunque el Volcán de Fuego suele producir movimientos telúricos intensos en el domo.

Cuando la talentosa Alma González Martínez, estudiante de la Licenciatura en Lingüística en la Universidad de Colima, me envió el enlace con la referencia que he citado, me dejó boquiabierto. Pero al enviarme tres enlaces de Internet más, no pude dar crédito a todo lo que está difundido en Internet. Consulté diccionariosdigitales.net (2), terra.com (3) y educar.org (4) para comprobar cada caso. En total, en cuatro páginas de Internet se ha copiado y difundido la misma información falsa, relacionada con el volcán y los supuestos 1,450 muertos, por causa de una erupción, según ellos.

El caso es grave, porque se trata de cuatro páginas de Internet que difunden el mismo dato falso: una es internacional (.es) que es española, dos son comerciales (.com y .net) y una es institucional (.org). En este artículo expongo ante la opinión pública este caso, pero creo que además deberíamos hacer una cartita “navideña”, para enviarla con una queja a cada webmaster de los sitios, evidenciando esta mentira que difunden en sus páginas. Y ojala algún político también encabezara esta iniciativa en beneficio de la historia local, digo, para hacer grande la bola y darle realce al caso a nombre del pueblo colimense.

Si no enviamos la queja al webmaster, al menos deberíamos preguntarnos ¿Qué sucederá con nuestra memoria histórica asociada a los fenómenos naturales y desastres, si la dejamos en manos irresponsables? ¿Quién corregirá a los estudiantes y a los curiosos cibernautas en casos de falsedad histórica? Por eso insisto en que faltan historiadores atentos al dato falso, porque sin ellos cualquier improvisado pone en riesgo nuestra historia; al menos la que circula entre las nuevas tecnologías de información y comunicación.

Referencias:

(1) http://puntocompuntoes.com.es/efemerides-7-de-junio.php

(2) http://www.diccionariosdigitales.net/GLOSARIOS%20y%20VOCABULARIOS/01-1

(3) http://www.terra.com/noticias/articulo/html/act861217.htm

(4) http://www.educar.org/comun/efemerides/junio/index.asp

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Faltan buenos historiadores

Me parece incoherente que si académicos, funcionarios, periodistas, investigadores y demás gente de probada “capacidad intelectual“, se declaran abiertamente partidarios de la formación educativa con plena conciencia de nuestro pasado histórico, la mayoría son indiferentes a la investigación histórica. Aunque sería ideal, no pretendo que todos los egresados de nuestras instituciones educativas desarrollen grandes o medianos proyectos vinculados con la historia nacional, pero al menos deberían realizar ejercicios sencillos que les permitan reflexionar cómo ha cambiado su profesión a nivel local. Qué actividades están a punto de desaparecer y qué debe perpetuarse en la memoria histórica.

Estas reflexiones surgen con base en el curso “Didáctica de la historia” impartido por la doctora Beatriz Alcubierre, el cual fue organizado por la Facultad de Pedagogía de nuestra Universidad de Colima. Entre múltiples temas relacionados con el valor de la memoria, el tiempo, la historiografía, los mitos, la identidad histórica, etcétera, también se trataron temas de urgencia nacional, como las transformaciones a los programas de historia en los distintos niveles escolares y también la irresponsabilidad institucional que ha derivado en vicios y menosprecio por la enseñanza y la investigación histórica.

Entre los asistentes al curso se dijo que a los estudiantes, en general, según dicen, la historia sencillamente les da “hueva“. No le ven utilidad en el presente. Y sus profesores, pocas veces historiadores, son improvisados, ignoran dinámicas motivacionales y están hartos de repetir como pericos, cada año, los mismos temas que les marca el programa. Además son obligados a perpetuar los mitos nacionales, que incluso ellos mismos ponen en duda.

Identificamos distintas razones que alejan de la historia a los estudiantes: profesores “chafas“, programas con contenidos incoherentes para el desarrollo mental del alumno, lo cual dificulta la asimilación de los temas, modelos didácticos obsoletos, falta de vínculos entre la historia y su importancia en el presente. La suma de estos vicios finalmente perjudica la enseñanza de la historia, provoca manipulaciones, desanima y aburre a los jóvenes y sobre todo impide el objetivo principal de la historia: la libertad.

A los vicios en el aula hay que sumarle que cada año son aniquilados centros educativos públicos, donde se forma académicamente a historiadores. En algunas instituciones se piensa que unos cuantos años de estudios históricos son suficientes para formar historiadores. Como si la formación histórica desde el kinder fuera ejemplar para todos los estudiantes que logran llegar a la maestría o el doctorado. También se cree, como igualmente sucede para el caso de los literatos y lingüistas, que ya hay suficientes historiadores y poco trabajo. Contrariamente, en estos tiempos de crisis económica, de pocos valores civiles y frágil identidad; en medio de modelos superficiales y materiales de desarrollo, es cuando más hacen falta los historiadores. Para que aporten elementos y argumentos que nos recuerdan de dónde venimos, de qué somos parte y por qué debemos trabajar con civismo y amor por nuestra familia y sociedad. ¡Vaya! para que nos describan por qué somos valiosos como mexicanos, como individuos y seres de este multicultural mundo en crisis. No hay bebidas que nos refresquen la memoria, para eso solamente los buenos historiadores; los que se producen en nuestras aulas y se cosechan investigando.

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Historia, memoria y desastre

En la ciudad de Colima se realizan conmemoraciones vinculadas a desastres ocurridos en algún fragmento de la historia estatal y en ocasiones regional y/o nacional. Estas expresiones culturales son, para un incipiente grupo de historiadores y antropólogos, vehículos de la memoria individual y colectiva asociada a los desastres.

En el año 2004, en la ciudad de Colima, frente al popular sitio conocido como el Parque de la Piedra Lisa, fue asentada la escultura “Al Soldado”, en reconocimiento y agradecimiento a nuestro Ejército Nacional, por la labor realizada en beneficio de la población colimense, como parte de su respuesta a la emergencia generada por los efectos destructivos del sismo del 21 de enero de 2003. Desde entonces, cada año se realiza un acto oficial y poco popular, donde es recordado lo sucedido y se alude al desempeño de los militares y autoridades durante los días posteriores al temblor.

En los años consecutivos al 2004, se han realizado simulacros de sismo en instituciones educativas y gubernamentales, en los cuales se intenta concientizar a la población para que viva alerta, al menos, ante las amenazas geológicas. Básicamente por medio de la invitación directa se motiva a los niños, jóvenes y adultos, para que participen en los simulacros. Durante el ejercicio preventivo y minutos después, es imposible omitir los dramáticos recuerdos de aquella noche y la angustia durante los días posteriores al terremoto del 21 de enero del año 2003. De esta manera se trae al presente, el recuerdo de un pasado desastroso, ligado a una memoria individual y colectiva.

Insisto en ese evento sísmico, porque me es más evidente mostrar los vehículos de la memoria manifiestos a partir de ese acontecimiento que casi todos recordamos por sus efectos psicológicos asociados o por los daños reflejados en los nuevos baldíos, estacionamientos improvisados, cuarteaduras; y hasta por los cambios en casitas remodeladas o construidas con apoyo particular y gubernamental; incluso fue construida una o varias colonias para los damnificados, principalmente. A estas remodelaciones, adaptaciones y construcciones referimos parte de la memoria asociada al sismo.

Las elementos propios de los vehículos de la memoria, además de evidenciarse en espacios habitacionales, también se manifiestan a través de otros medios menos tangibles, como charlas en lugares públicos, proyecciones de video documentales, exposiciones fotográficas e incluso publicaciones. Por ejemplo en este marco de la conmemoración fue presentado, en el año 2004, el libro Memoria en movimiento, testimonios lingüísticos, literarios y visuales sobre el sismo del 21 de enero de 2003 en el estado de Colima. El cual, desde su título, hace referencia al vínculo de la memoria con distintos tipos de testimonios.

En una investigación que inicié en el año 2004, paralela a mi tesis de maestría, realicé entrevistas semiestructuradas a más de veinte sobrevivientes del desastre de Minatitlán del año 1959, desencadenado en parte por un huracán y la alta vulnerabilidad social. Específicamente me propuse identificar en las entrevistas, los vehículos de la memoria más asociados por los minatitlenses a ese desastre. También tuve que realizar etnografía y al recorrer las calles empedradas encontré otros vehículos de la memoria que forman parte del entorno, algunos fueron construidos y otros son vestigios del flujo compuesto de piedras, árboles y demás materiales que arrastró la corriente.

Los vehículos de la memoria en Minatitlán no son tan evidentes para los minatitlenses jóvenes, pero sí lo son para los adultos y personas de la tercera edad, pues ellos los construyeron o rescataron o incluso los han perpetuado. Pero por increible que parezca, hay jóvenes minatitlenses que caminan sin saber por qué la calle que transitan se llama “27 de octubre”. Otros más desconocen los poemas alusivos al “ciclón”. Y seguramente muy pocos saben que hace tiempo existió una medalla al mérito civil, asociada a este desastre en Minatitlán.

En total identifiqué 23 representaciones de la memoria vinculada al desastre de Minatitlán: 1) Audiograbaciones familiares 2) Fotografías particulares 3) Objetos rescatados 4) Video en Internet 5) Recortes de periódico 6) Corrido 7) Poemas 8) Periódicos murales 9) Exposiciones fotográficas 10) Monumento 11) Conmemoración 12) Celebración religiosa 13) Concurso de narrativa 14) Calle 27 de octubre 15) Rocas en espacios públicos 16) Cartas familiares 17) Capítulos de libro 18) Ponencias 19) Libros 20) Audiovisuales (video documentales) 21) Medalla al mérito civil 22) Tradición oral, y el 23) Templo.

 

Para dar un orden grupal a los vehículos de la memoria, manifiestos en el pueblo de

Minatitlán, propongo una categorización de nueve singularidades que permiten agruparlos, establecer entre ellos algunas relaciones y también diferencias. Cada una de estas categorías son como aristas que permiten ver la memoria individual y colectiva asociada a un desastre, pero desde diferentes ángulos, distancias, claridades y profundidades, como si se tratara de un prisma de cristal. Así de transparente puede ser la historia si existe quién la estudia y sobre todo si hay donde aprenderla, como en la Maestría en Historia de la Universidad de Colima. De lo contrario, si no hay dónde estudiar historia, si ignoramos nuestro pasado y los vínculos que nos unen entre generaciones, caminaremos sin ver, escribiremos sin saber y viviremos sin ser recordados.

 

Usted puede consultar la ponencia en extenso presentada en el Congreso Internacional de Historia Oral, en la siguiente dirección:

http://www.scribd.com/doc/6436616/Ponencia-La-Memoria-y-Sus-Vehiculos

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Vehículos de la memoria

La memoria en su sentido más básico, permanece inmutable en algún lugar de la mente, requiere de una pregunta de investigación histórica que la conjure para traer su experiencia al tiempo actual. Vale la pena preguntarnos ¿Cuáles son los vehículos de la memoria presentes en el pueblo de Minatitlán, Colima, relacionados con el desastre del 27 de octubre de 1959?

En términos generales, no es posible separar la memoria y la historización porque, si somos estrictos en el ejercicio, siempre estamos trabajando con la memoria. Ya sea con la memoria de quien localiza un documento que nos sirve de fuente, con la memoria de quien redacta el texto histórico o con la memoria de quien lee y aplica el conocimiento adquirido y guardado en la memoria.

Así, la historia oral y la memoria encuentran en el sentido práctico su unión indivisible. Sólo utilizamos del conocimiento histórico lo que la memoria nos permite recordar y aplicar. El investigador Alon Confino señala que la memoria es la forma en la cual la gente construye un sentido del pasado. (Confino “Collective memory and cultural history: problems of method”, 1997) Habremos de agregarle que la memoria construye un sentido del pasado, pero con aplicación en el presente.

En un sentido muy práctico, entiendo que la memoria individual es la conciencia que tiene una persona respecto a su pasado, pero específicamente en forma particular o individual. Mientras que la memoria colectiva, es la conformación de un pasado grupal o comunitario, que generalmente tiene coincidencia con eventos que destacaron por sobre el curso habitual de la cotidianidad de esa comunidad.

Ahora bien, toda memoria puede ser reflejada en una manifestación táctil, visual, auditiva y quizás hasta olfativa, que permite materializar algunas de las características del recuerdo que está en ese fragmento de la memoria. Por ejemplo las publicaciones, esculturas, pinturas, fotografías, videograbaciones, audiograbaciones, cartas, museos, conmemoraciones, días célebres, natalicios, aniversarios y muchas otras manifestaciones culturales, están asociadas a una expresión de la memoria. Esto es lo que llamamos vehículos de la memoria, porque se trata de un transporte que contiene como carga una parte del pasado, que lo lleva al presente haciendo escala en distintos espacios y momentos.

A través de estos vehículos conocemos parte de la trascendencia de un evento y es posible tener idea de la proporción en que se mantiene en la memoria de algunas personas. Regularmente los vehículos de la memoria son localizables cuando se trata de una investigación sobre memoria colectiva, porque como señala Susan A. Crane, expresan un sentido de continuidad de presencia del pasado. (Crane “Writing the individual back into collective memory”, 1997) Y por lo tanto permiten a un grupo de individuos identificarse en esa representación.

Susan Crane precisa la división entre memoria colectiva como la experiencia vivida por el conjunto de individuos y la memoria histórica que para ella es la preservación de la experiencia vivida. Con la diferencia de que la colectividad de la memoria es el marco en el cual se recuerda lo ocurrido en la memoria histórica. Y su importancia, como menciona Alon Confino, radica en que: “la historia de la memoria es útil e interesante no sólo por estar pensada acerca de cómo el pasado es representado, dicho, un simple museo sino también, más extensamente, la mentalidad histórica de la gente en el pasado, acerca de sus prácticas y representaciones simbólicas que hacen las percepciones de la gente sobre el pasado.”

En el Estado de Colima existen algunas conmemoraciones que tienen por objeto traer al presente el recuerdo de un acontecimiento ocurrido en el pasado. Lo particular de estas representaciones es que todas están relacionadas con eventos desastrosos que causaron alarma entre la población, al grado de solicitar ayuda divina para prevenirse de otras catástrofes en el futuro. Una de las remembranzas más tradicionales es la que se realiza, desde el año 1668, el 5 de febrero, en honor a San Felipe de Jesús en la ciudad de Colima y Villa de Álvarez. La historia local dice que en 1658 se originó en Colima un incendio que redujo a cenizas muchas casas y a causa de ese acontecimiento se buscó un Santo Patrón protector de terremotos e incendios. Después de un consenso, por decisión unánime fue elegido Santo Felipe de Jesús y en el año 1668 los feligreses recibieron la imagen del santo. (Levy “Hoy en la Historia de Colima”, 2007)

En el municipio de Tecomán, una de las poblaciones costeras, los pobladores veneran en febrero a la Virgen de la Candelaria en recuerdo a un temblor que pudo formar un maremoto, pero al parecer no sucedió debido a la intervención divina. Y según los mitos expresados por algunos tecomenses, cuando se acerca un huracán la Virgen de la Candelaria voltea su cabeza hacia el fenómeno y lo ahuyenta si es destructor.

En la ciudad de Colima también se conmemora y transporta el pasado desastroso en vehículos de la memoria, pero de eso hablaré en la siguiente semana. Este documento es un extracto editado, para prensa, de la ponencia que presentaré entre los días 23 y 26 de septiembre, en el XV Congreso Internacional de Historia Oral, nombrado “Diálogos de la Historia Oral con el tiempo presente”, que organiza la Asociación Internacional de Historia Oral y la Universidad de Guadalajara.

 

Referencias:

Alon Confino. “Collective memory and cultural history: problems of method” en American historical review. Volumen 10 , número 5, diciembre de 1997. p. 1389.

Susan A. Crane. “Writing the individual back into collective memory” en American historical review. Volumen 102, número 5, diciembre 1997. p. 1372-1385.

Levy, José. “Hoy en la Historia de Colima”, en el Comentario, agosto 31 de 2007. 4.

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Conciencia del tiempo, hace veintitrés años

Para Funes, el memorioso.

 

La historia es más que identificar el tránsito cronológico de sucesos, acontecimientos, eventos, hechos y causas, porque implica construir, individual y colectivamente, una similar conciencia del tiempo. En ese sentido cabe preguntarnos ¿somos concientes del tiempo transcurrido entre un suceso y otro, entre un evento y otro, entre hechos y causas del pasado? Aún es debatible el tema, pero al menos yo considero que el tiempo no surgió con los números, como algunos piensan. Creo que el tiempo fue producto de una “necesidad” de construir una “conciencia” del tiempo y se manifestó, primero, a través de la “oralidad”. En algún lenguaje fue expresado un lapso corto, mediano o largo. ¡Cuidado! porque decir: “lapso de tiempo” lingüísticamente es un fenómeno conocido como pleonasmo, debido a que solamente existen lapsos de tiempo. Sin embargo la mayoría de nosotros somos indiferentes a la conciencia del tiempo y más a la necesidad de representarlo.

La necesidad ha propiciado la construcción de muchos descubrimientos y ha favorecido deducir remodelaciones a herramientas y extensiones que facilitan la vida cotidiana. En este sentido, la necesidad de representar un lapso se satisface con la conciencia del periodo transcurrido, lo cual es posible a través de la oralidad y/o la gráfica. Con el desarrollo de la simbolización y la significación, surgieron las líneas, sombras y números que representan el tiempo en cronologías breves o amplias. Confieso que para mi es menos complejo comprender un lapso cuando está escrito o aún mejor, descrito. Por ejemplo “ahorita” como al parecer solamente decimos los mexicanos, para mi son las doce cuarenta y ocho pasado meridiano del día diecinueve del mes de septiembre del año dos mil ocho. Y no las 12:48 pm del 19/11/2008.

El problema del tiempo se complica cuando tenemos necesidad de construir la conciencia del lapso transcurrido entre un suceso, acontecimiento, evento o hecho, desde nuestro preciso y momento actual. Este es un ejercicio similar al que propuso el historiador francés Michel de Certeau, cuando construyó un discurso historiográfico, con una perspectiva desde su tiempo y lugar de origen, para viajar hacia el pasado. Gráficamente ese ejercicio se representaría como con un punto de fuga, desde donde iniciamos la construcción del lapso que deseamos expresar. Esta es la perspectiva con la que un historiador inicia el proceso de la investigación.

Por ejemplo, hoy tengo la necesidad de una conciencia acerca del lapso transcurrido en veintitrés años, desde que experimentamos uno de los eventos más desastrosos en la historia de nuestro país, la mañana del diecinueve de septiembre de mil novecientos ochenta y cinco. Pero no me satisface solamente detectar la notoriedad del suceso, el acontecimiento desastroso, el evento sísmico, los hechos notorios, las causas evidentes, porque tengo necesidad de una historia plena. Pero es irrealizable, porque la historia se compone de múltiples interpretaciones y hasta ahora, por absurdo que parezca, conocemos muy poco de ese desastre. Tenemos conocimiento de qué ocurrió esa mañana y unos cuantos días posteriores; sobre todo se ha quedado en nuestra memoria el recuerdo de la destrucción material y deducimos las pérdidas humanas. Desgraciadamente no tenemos conocimiento de la historia de los sismos en la Ciudad de México, previos al del año mil novecientos ochenta y cinco. Incluso, como ciudadanos promedio,  conocemos poco los procesos de reconstrucción, resiliencia y adaptabilidad social, lo no material, porque eso es un poco más evidente entre quienes viajan regularmente a esa jungla de asfalto.

Hemos aprendido una historia fragmentada, que sería más entendible en conjunto. Pero solamente quedan restos en nuestra memoria. Necesitamos de una conciencia del tiempo transcurrido en veintitrés años, desde aquel diecinueve de septiembre de mil novecientos ochenta y cinco, cuando ocurrió el mayor sismo en la Ciudad de México (en nuestro referente histórico). También se ignora la historia de la Ciudad de México asociada a los sismos, construida desde nuestros días hasta el pasado más remoto, pero que incluya antecedentes, sucesos, eventos, hechos y causas sociales.

Los estudios históricos de desastres son esfuerzos para construir pequeñas y/o grandes interpretaciones históricas. Son producciones que reconstruyen fragmentos de la memoria. Y tal vez en su conjunto nos cuenten una historia plena, total, integradora y llena de lapsos relacionados entre si, como procesos de cambio. Finalmente el tiempo no importa, es una construcción de nuestra memoria y de nuestra experiencia de vida. Por ello es necesario construir y fortalecer la memoria asociada a los desastres, para no olvidar que somos vulnerables en cualquier lugar y prevenir los riesgos. El tiempo es recluso de nuestra memoria, pero ella se desvanece si no la rescatamos y plasmamos. Se han extinto los hombres como Ireneo Funes, el memorioso, amigo de Borges, capaz de recordar con todo detalle lo ocurrido en torno a su vida, incluso el más leve detalle, en cualquier dimensión espacio temporal.* Afortunadamente quedamos nosotros, los desmemoriados, para en conjunto recordarlo, mantenerlo en la memoria y construir su historia con plena conciencia del tiempo.

Referencia:

http://biblioteca.iapg.org.ar/iapg/ArchivosAdjuntos/Petrotecnia/2004-3/FunesElMemorioso.pdf

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Voceadores de huracanes

Con relación a los desastres, en Colima, se recuerdan por intensos los sismos de 1941, 1985, 1995 y 2003, pero pocas veces se reflexiona qué relaciones existen entre ellos, rara vez se comparan sus características, zonas de afectación, causas de los daños, respuestas civiles y gubernamentales, estrategias de adaptación, reconstrucción y factores de resiliencia. Por lo tanto se ignoran muchos elementos de los procesos de cambio en cada suceso y entre uno y otro, pero sobre todo se carece de una visión de conjunto o perspectiva histórica de larga duración con relación a la sociedad y los sismos en la historia de Colima. Desafortunadamente esas carencias reducen las formas de entender la historia de Colima y omiten conocimiento que fortalecería las estrategias de prevención y atención a desastres.

La miopía histórica no es exclusiva de México, también en Estados Unidos de Norteamérica, la supuesta nación más poderosa del mundo, hay pocas referencias a la historia asociada a los fenómenos naturales y a los desastres. Esto se hace evidente en los medios de comunicación actuales y las recientes noticias con relación a los huracanes. Mientras miraba un noticiario televisivo acerca de los daños del Huracán Ike, noté que la información difundida precisaba la trayectoria del meteoro, sus características físicas, el número de evacuados y los 24 muertos registrados en nueve estados, hasta el lunes 15 de septiembre. También se aludía al toque de queda decretado por el alcalde de Houston, las acciones del gobernador de Texas, Rick Perry y de la senadora Kay Bailey Hutchison. Se voceaban las noticias, más que realmente informar. Y digo vocear, porque se anuncian con morbo los daños y se eliminan los “por qué” que permiten entender las causalidades. Además se omiten las experiencias con otros huracanes similares, se olvidan las zonas de daños recurrentes, se descartan las estrategias socialmente construidas y en muy contadas ocasiones, se escucha la voz de algún sobreviviente, quien cuenta un fragmento de su conmovedora anécdota.

En los noticiarios no se recuerdan las experiencias a partir de los huracanes registrados en el mes de septiembre en la historia de Texas, Mississippi y Louisiana. Aunque hablar de huracanes en el mes de septiembre no determina sus características, sólo mencionaré dos casos ocurridos en septiembre para restringir los antecedentes. En Houston, específicamente en la Isla de Galveston, la tarde del sábado 8 de septiembre de 1900 entró un huracán categoría 4 en la escala Saffir-Simpson. La fuerza de los vientos, las inundaciones, pero sobre todo la falta de prevención, combinadas con las frágiles viviendas, causaron la muerte de entre 8 y 12 mil personas, la mayoría ahogadas por el incremento en la marea. Incluso Tomas Alba Edison registró las desoladoras imágenes de la gente y de las destruidas casas de madera.

El 17 de agosto de 1969, el Huracán Camille llegó a Mississippi y Louisiana con categoría 4. Las condiciones geográficas generaron inundaciones, pero los asentamientos en zonas de riesgo propiciaron que las corrientes de agua arrastraran y mataran a 143 personas. Los vientos superiores a 246 kilómetros por hora levantaron los techos, derribaron las bardas de las viviendas y destruyeron por completo las casas y edificios de todo tipo. Cayeron 76 centímetros cúbicos de lluvia en seis horas y la marea se elevó más de ocho metros del nivel promedio.

Creo que el Huracán Ike, a pesar de la alarma mediática, causó menos daños de los pronosticados por la televisión. 24 muertos equivalen a veinticuatro tragedias familiares, que en su conjunto son un fracaso más en prevención, para un país como los Estados Unidos de Norteamérica que procura con miles de millones de dólares la seguridad de sus ciudadanos. Incluso habrá quienes digan que los daños generales reflejan un gran avance en términos de prevención y posiblemente de respuesta a la emergencia. Pero con un enfoque histórico y énfasis específicamente en el número de víctimas, es imposible olvidar las 1,836 víctimas del Huracán Katrina en el año 2005, el cual siguió una trayectoria muy similar a la del Huracán Ike.

Debido a la falta de antecedentes históricos en los noticiarios televisivos, con relación a desastres, me pregunto ¿cuántos años pasarán para que se enlacen las causalidades históricas con los sucesos actuales y se construya una visión de conjunto o proceso? Sólo así aprenderemos de las experiencias en labores de prevención, contextualizaremos las vulnerabilidades, fortaleceremos las condiciones de resiliencia y posiblemente en los medios de comunicación se contarán las historias de reconstrucción social y económica, además de estrategias de adaptabilidad. Pero ¿Cuánto tiempo pasará para que los medios de comunicación informen historias y hagan más que vocear sucesos?

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Riesgos cardiacos

El sábado 30 de agosto, el piso siete del Hospital de Especialidades del Centro Médico Nacional de Occidente del Estado de Jalisco, tenía más de 120 pacientes en el área de cardiología, según lo comentó una enfermera. Los otros doce pisos albergaban a los enfermos asociados a otros padecimientos, estudios y especialidades, pero a todos, incluidos sus familiares que esperaban adentro y afuera del inmueble, los afectó de una u otra manera la tormenta que inició poquito antes de las seis de la tarde. En estas líneas trataré de narrar algunos acontecimientos vinculados a los riesgos en este hospital, pues fui testigo.

En la Avenida Belisario Domínguez, a un lado del hospital, corría el viento de norte a sur y levantaba el polvo, papeles, hojarasca y demás deshechos característicos de una calle contaminada. Había tráfico constante de autos y se veía a la gente atravesar de un lado a otro la avenida. En general el medio ambiente se oscureció, porque había capas de nubes grises, incluso algunas muy oscuras; las más bajas viajaban a gran velocidad y las altas lo hacían lentamente.

De pronto cayó una gran cantidad de lluvia y quienes íbamos por la avenida, nos refugiamos en las cornisas, láminas o debajo de cualquier improvisado techo de negocio callejero. Los automovilistas aceleraron la velocidad de sus naves, como intentando evadir la tormenta. Pero no había mucho espacio a dónde ir y quedaron más cerca un auto de otro. En un instante pasó volando sobre la banqueta la tapa negra de un tinaco de plástico y se impactó en el piso, en medio de dos vehículos. Los pasajeros apenas alcanzaron a sorprenderse pues imaginaron lo cerca que estuvieron de ser golpeados.

En un par de minutos, la avenida se convirtió en un encharcamiento propiciado por la basura que taponeó las coladeras. Los patios del hospital se cubrieron de agua por la intensa lluvia, así que la gente corría entre los charcos y buscaba refugiarse debajo de los árboles. Las ramas se movían violentamente y caían arrastrando los nidos de aves. De pronto se colapsó un árbol y luego otro; ahí fue cuando se asustaron las personas que veían desde los pórticos del hospital.

En el interior del inmueble, en un cuarto donde se encontraban encamados tres pacientes de cardiología: una mujer recién operada, un hombre esperando cateterismo y otro más en evaluación, el viento reventó los cristales y pareció que el terror entró por la ventana. Los amplios ventanales, a menudo preferidos por los enfermos, se convirtieron en un riesgo. Volaron los cristales e incluso hicieron cortes  en el brazo y la pantorrilla de un joven que cuidaba a su abuelo. Los acompañantes de los demás enfermos, protegieron a sus familiares con cualquier chamarra, suéter, cobija, sábana y oración. De verdad fue un drama.

Debido a los vientos, la puerta de un cuarto fue azotada con tanta violencia que el aluminio del marco y la chapa no resistieron y se rompieron, por ello salió volando y se estrelló en la pared, afortunadamente sin lesionar. Sin embargo el estruendo de los cristales y las puertas, creó un espanto colectivo que iba desde el llanto, los rezos desesperados y el pánico, hasta la arritmia y la hipertensión arterial. Una joven gritaba con angustia “mamá, por favor, tranquilízate, contéstame mamá”. Y afuera de un cuarto, en uno de los pasillos del piso siete, los camilleros entraban a la habitación y con una sorprendente habilidad, sacaban a cada uno de los internados. Las enfermeras se sumaron al esfuerzo colectivo y en pocos minutos los cuartos con ventanas rotas quedaron vacíos, el piso inundado y las pertenencias tiradas en el suelo.

Los daños originados por las frágiles ventanas y el mal diseño del inmueble ocurrieron en un lapso de diez minutos, cuando mucho, en los cuales gran cantidad de pacientes que deben estar en absoluto reposo, sufrieron diversos trastornos. Afortunadamente no se escucharon rumores de algún deceso ocasionado por el pánico y los problemas cardiacos, pero sí hubo pacientes en crisis. Los doctores de guardia y las enfermeras atendieron las emergencias como pudieron. Principalmente con pastillas debajo de la lengua, que ayudaron a descender la presión arterial.

Después del susto, los daños en las habitaciones, los dramas emocionales de los impacientes enfermos y familiares, la crisis fue informativa. Afuera del edificio, bajo el techo de una sala de espera, toda la gente estaba de pie, esperando noticias. Sin embargo los agentes de seguridad restringieron el acceso y los rumores causaron pánico. La gente intentaba entrar y solamente es posible si se cuenta con un pase intercambiable entre un familiar y otro, en turnos de a uno a la vez por paciente.

En uno de los pasillos un hombre le dijo a otro “no que no creíamos en Dios, edá ca…” Y una enfermera le contestó a un paciente que “cada dos o cada cinco años sucede esto, al menos eso ha pasado en los 22 años que llevo trabajando aquí. Por eso ya sabemos cómo sacar rápido a los enfermos”. Era común la escena de un familiar llamando por teléfono al exterior contando lo sucedido. Otros más toman video de los daños y los menos, discretamente tomaban fotografías con sus aparatos telefónicos.

Es obvio que falta prevención y anticipar escenarios de riesgos en el Hospital de Especialidades del Centro Médico Nacional de Occidente, sobre todo porque hay antecedentes de eventos y daños por fenómenos hidrometeorológicos. Es innaceptable que los indefensos pacientes, en recomendado reposo absoluto por sus problemas cardiacos, sufran estas alteraciones y crisis que ponen en alto riesgo su vida. La culpa no es de la tormenta o de los fuertes vientos, sino de quienes aprobaron las malas condiciones estructurales de este hospital de más de treinta años, porque sus amplios ventanales y frágiles vidrios se rompen, propician las inundaciones y el vuelo de proyectiles en el interior. No cabe duda que incluso en el interior de nuestras instituciones, los pobres no están a salvo y continúan siendo vulnerables.

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Los huracanes en la historia de México. Memoria y catálogo

La semana anterior, mientras conversaba con compañeros universitarios, recibí una gratísima noticia relacionada con los resultados de la Convocatoria para Ciencia Básica 2007 del Conacyt (Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología). Ha sido aprobado el proyecto “Los huracanes en la historia de México. Memoria y catálogo”, propuesto por integrantes del Cuerpo Académico 67 de la Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de Colima y del CIESAS (Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social). La doctora Virginia Araceli García Acosta, directora de la mencionada institución, será la responsable técnica y el autor de este artículo será el co-responsable técnico. Compañeros investigadores de ambas instituciones fortalecerán la realización del proyecto y desarrollarán múltiples actividades.

Este proyecto surgió como parte de una relación muy cordial y productiva que existe entre investigadores de ambas instituciones por su amistad, afinidades temáticas y metodológicas. Pero además, recientemente fue renovado y ampliado por el rector de la Universidad de Colima, M. en C. Miguel Ángel Aguayo López y la doctora Virginia Araceli García Acosta, directora general del CIESAS, el convenio de colaboración que iniciaron en el año 2002, el doctor Carlos Salazar Silva y el doctor Rafael Loyola Díaz, entonces directivos.

A grandes rasgos “Los huracanes en la historia de México. Memoria y catálogo” se trata de un ambicioso proyecto para construir la historia de los huracanes en todo el país, desde la época prehispánica hasta el siglo XXI. Nos interesa construir el registro cronológico de cada uno de esos fenómenos hidrometeorológicos en sus distintas caracterizaciones, pero sobre todo descubriremos las estrategias adaptativas que la gente ha desarrollado en las épocas de la historia de México. Evidentemente será un proyecto multidisciplinario, que iniciaremos en los próximos días con los enfoques histórico y antropológico, pero que gradualmente también involucrará a especialistas de disciplinas de las ciencias exactas.

Los resultados permitirán reconstruir la memoria histórica nacional asociada a los huracanes, con particular énfasis en las medidas que a escala local y regional han adoptado y adaptado las poblaciones mexicanas. Las medidas o estrategias adaptativas son para García Acosta (1996) las: “medidas para ponerse a salvo, actitudes para evitar los efectos [y] posturas para mitigar los daños” en este caso producidos por los fenómenos hidrometeorológicos.

Aunque ya existe un equipo consolidado, próximamente lanzaremos una convocatoria nacional para invitar a estudiantes de licenciatura, maestría y doctorado a sumarse en este proyecto, para buscar y compilar información en los archivos estatales y municipales de los estados de nuestro país y construir sus tesis. El trabajo de búsqueda será realizado en dos regiones, la del Pacífico, que abarca los estados costeros de Baja California, Baja California Sur, Sonora, Sinaloa, Nayarit, Jalisco, Colima, Michoacán, Guerrero, Oaxaca y Chiapas; y la región Golfo-Caribe, que incluye a Tamaulipas, Veracruz, Tabasco, Campeche, Yucatán y Quintana Roo. Los demás estados serán indagados en una investigación posterior.

Entre las fuentes de consulta de información haremos uso de archivos, hemerotecas y bibliotecas públicas y privadas. En algunas de estas fuentes ya tenemos identificados los fondos, pero en otras seguramente habremos de iniciar por el ordenamiento de los materiales, ya que nuestros archivos estatales no siempre están en las mejores condiciones de clasificación. También es importante considerar que las evidencias relacionadas con los huracanes y sus efectos, suelen ser parte de múltiples temáticas. Afortunadamente la temporada de ciclones y huracanes abarca oficialmente del mes de junio a diciembre, pero tenemos registros para mostrar que ocasionalmente se amplían esos márgenes.

El proyecto concluirá en varios años, pero además de experiencia en investigación, aportará talleres, congresos, ponencias, becas, tesis de licenciatura, maestría y doctorado, así como un catálogo impreso y uno electrónico, una memoria histórica de la información cualitativa localizada, bases de datos, artículos, un video documental del proceso de investigación, entre otros productos.

El equipo que conforma este proyecto, más los estudiantes e investigadores que sumen su voluntad, contaremos con el respaldo institucional de la Universidad de Colima y del CIESAS, pero también con la fuerza de trabajo, disciplina y pasión por la investigación de todos los integrantes. Bienvenidas sean todas las manos y mentes que construirán otra interpretación de la historia de nuestro México, que además fortalecerá el diseño y estrategias de políticas públicas de prevención para este tipo de amenazas naturales recurrentes.

Referencias:

Virginia García Acosta, Historia y desastres en América Latina (Colombia: La RED, 1996) 7.

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Prensa, fenómenos naturales y desastres III

(Parte tres, última) Los estudios cualitativos de desastres son como la puerta hacia un amplio pasillo, en donde están colgadas imágenes infinitas con escenas de sucesos ocurridos en distintos contextos políticos, sociales, económicos y culturales. Cada caso es diferente, pero también puede tener similitudes en la vulnerabilidad, resiliencia, adaptabilidad, reconstrucción, etcétera, identificables a través de la antropología, sociología, historia y otras ciencias sociales.

La antropología estudia a los humanos en los distintos contextos sociales y culturales a los que pertenece. Busca respuestas en su pasado inmediato, pero sobre todo los visualiza, escucha, huele, siente, describe, reflexiona y proyecta interpretaciones para entender sus acciones y actitudes culturales. Algunas metodologías propias de la antropología, como la entrevista de profundidad, etnografía e historia de vida, permiten conocer las respuestas a múltiples preguntas de investigación. Imaginando un poco, las entrevistas de profundidad aportarían testimonios escritos y/o audiovisuales de los sobrevivientes de un desastre y hasta identificaríamos elementos de su capacidad de resiliencia.

Por su parte, la etnografía nos ayudaría a identificar los rituales populares asociados a los fenómenos naturales o a los desastres ocurridos en una localidad, porque la descripción etnográfica nos relataría cómo están evidenciados los efectos desastrosos en los espacios urbanos o rurales, cómo son manifestados públicamente por las personas y cuáles se han convertido en factores propios de la adaptabilidad. En cambio, con la historia de vida fluye la información respecto a cómo reconstruyó alguien su hogar, estilo de vida económico y emocional después de un desastre.

La sociología identifica la estructura social de una comunidad, pero sobre todo las organizaciones institucionales e incluso las no gubernamentales que establecen reglas de funcionamiento de una sociedad en un tiempo, situación y espacio específicos. A través de investigaciones sociológicas en casos de amenazas, riesgos y desastres, identificamos cómo reaccionan y/o responden nuestras autoridades, de forma individual o colectiva, ante la emergencia, para mitigar los distintos efectos y resarcir gradualmente los servicios públicos.

A través de la sociología se hacen evidentes los efectos políticos, económicos y sociales, que ocasionan las decisiones decretadas por las autoridades cuando ocurre un desastre. Por ejemplo, las inconformidades y demandas que originan manifestaciones públicas en rechazo a disposiciones oficiales, respecto al suministro de víveres, terrenos, créditos, asistencia médica, e inclusive expresiones religiosas.

Y cuando el suceso que nos interesa, aparentemente se ha desvanecido en el pasado, acudimos a la musa Clío para que nos oriente en la construcción de una interpretación argumentada, comparada y sustentada con fuentes históricas, mismas que no siempre son documentos empolvados y almacenados en los archivos. Existen algunas fuentes de información que nos guían a la memoria histórica asociada a los desastres, pero por senderos menos tradicionales, aunque para identificarlas debemos caminar con los sentidos muy alertas y con el optimismo aunado a la perseverancia. Por ejemplo las audiograbaciones familiares, fotografías particulares, objetos rescatados, videos en Internet, recortes de periódico, corridos, poemas, periódicos murales, exposiciones fotográficas, monumentos, conmemoraciones, celebraciones religiosas, concursos de narrativa, nombres de calles, vestigios en espacios públicos, cartas familiares, capítulos de libro, ponencias, libros, audiovisuales (videos documentales), medallas al mérito civil, entre otras, las cuales expondré en septiembre en el XV Congreso Internacional de Historia Oral, (http://148.202.18.157/IOHA/Dictaminacion.aspx) como vehículos de la memoria asociada a los desastres.

El estudio de los desastres es más complejo de lo que he intentado exponer en este breve artículo. Es muy amplio cuando se realiza con base en metodologías cualitativas y es holístico cuando es interdisciplinario, es decir, cuando para entender un caso, se hace uso de las ciencias exactas y también de las ciencias sociales. Hacia este vínculo entre las ciencias avanzan los estudios de los riesgos, amenazas y desastres. Lo ideal sería empezar a abrir las puertas y las ventanas, para que nos entre la luz cuanto antes.

La base de datos del proyecto “Prensa y procesos de desastre en el estado de Colima en el siglo XX” nos facilitará fuentes hemerográficas e información inmediata de los sucesos ocurridos durante un importante período histórico de Colima, pero nos costará más trabajo sumar esfuerzos académicos y establecer criterios, para conocer de forma individual y en su conjunto, los procesos de desastre.

 

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Prensa, fenómenos naturales y desastres II

(Segunda parte) Los periódicos son generosos al aportar infinidad de datos relacionados con los fenómenos naturales y los desastres. Pero solamente un aficionado a la historia, se confiaría sólo de la información publicada en la prensa y la usaría como única fuente de información, en la redacción de una investigación que pretenda ser extensa o exhaustiva de un tema. Primero porque construir una historia implica contrastar la información de múltiples fuentes, para tener una amplia perspectiva de los enfoques y las interpretaciones del tema o problema de estudio en cuestión. En caso contrario, si la única fuente es la prensa, o sólo los documentos de un archivo, o exclusivamente las fotografías, etcétera, la historia redactada será una interpretación parcial de un suceso histórico.

Las características del periodismo publicado en una etapa histórica de Colima contienen peculiaridades que expondré brevemente, como parte de los resultados de una primer lectura de las noticias a través de la base de datos realizada para en el proyecto “Prensa y procesos de desastre en el estado de Colima en el siglo XX”, elaborado en 2007, coordinado por el autor de este artículo, con apoyo de alumnos de la Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de Colima y recursos del Fondo Ramón Álvarez Buylla de Aldana.

Los distintos géneros periodísticos compilados en el proyecto mencionado, permiten identificar rasgos distintivos del ejercicio periodístico del siglo pasado con relación a los fenómenos naturales y los desastres. Por ejemplo, notamos que la función preventiva de la información difundida a través de la prensa, en general, ha sido muy pobre. Principalmente encontramos noticias y entrevistas relacionadas con la trayectoria de diferentes ciclones y huracanes, muy probablemente debido a la recurrencia de ellos en esta región del Pacífico mexicano. En cambio, la función informativa acerca de los efectos de estos y otros fenómenos hidrometeorológicos es muy vasta. En total contamos hasta hoy con 93 fichas relacionadas con ciclones y huracanes, inundaciones, tormentas eléctricas, granizadas y marejadas, en orden de mayor a menor cantidad.

La labor informativa asociada a los efectos de los fenómenos geológicos pocas veces fue resultado de investigaciones con rigor científico, realizadas ex profeso para prevenir los daños. Incluso hemos localizado noticias donde se menciona el pronóstico de un sismo, realizado por algún investigador empírico, con base en sus observaciones de la actividad del Volcán de Colima; cuando sabemos que sólo en específicas condiciones, las vibraciones de un volcán pueden percibirse en amplias zonas. Los mayores sismos tienen por origen el movimiento de las placas tectónicas y no la actividad eruptiva de algún volcán.

En cambio, los efectos y daños de distintos fenómenos geológicos sí han sido registrados en las noticias compiladas en el proyecto “Prensa y procesos de desastre en estado de Colima en el siglo XX”. La base de datos cuenta con 73 fichas, principalmente relacionadas con sismos y erupciones del Volcán de Colima y en menor medida otros.

Los fenómenos enlistados en la Ley General de Protección Civil (http://www.diputados.gob.mx/LeyesBiblio/pdf/141.pdf) como químico-tecnológicos, sanitario-ecológicos y socio-organizativos, son los eventos en los que el ser humano es el agente que puede ocasionar un desastre. De este tipo de sucesos la base de datos cuenta con 9 registros de incendios y 7 de epidemias. Destaca que estos sucesos fueron publicados en la prensa escrita como accidentes y muy pocas veces como desastres.

La información periodística difundida en la prensa, combinada y contrastada con otras fuentes propias de las ciencias sociales o de las ciencias exactas, puede contribuir en la realización de investigaciones multidisciplinarias, como los estudios históricos de desastres. Desafortunadamente la atención de la prensa suele ser muy breve y cuando mucho cubre la fase de respuesta a la emergencia y rehabilitación de los servicios públicos. Pocas veces es noticia toda la etapa de reconstrucción con sus distintos enfoques y es casi nula la información con énfasis en los procesos adaptativos o incluso la resiliencia, que a grandes rasgos es la capacidad que tienen los distintos sectores sociales para reponerse después de un desastre.

Creo que a los medios impresos les falta hacer una reconsideración de la importancia social que tiene la información retrospectiva, que en conjunto ayuda a conocer el proceso de un desastre. También considero necesario ampliar la investigación periodística en dirección a las nuevas aristas que los sociólogos, antropólogos e historiadores han investigado con relación a los efectos de los desastres. Esa dinámica de informar exclusivamente lo que difunden los funcionarios públicos, respecto a un desastre, debilita la opinión de los científicos y sobre todo ignora la voz de la sociedad civil. Si eliminamos las dinámicas obsoletas del ejercicio periodístico, las noticias nos permitirán entender mejor por qué ocurre un desastre y cómo podemos prevenirlo.

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